Ciclo de cine documental-foro: Espiritualidad política y contrapoder en Latinoamérica

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CICLO DE CINE DOCUMENTAL-FORO:
ESPIRITUALIDAD POLÍTICA Y CONTRAPODER EN LATINOAMÉRICA

Jueves 14 y 28 de mayo 20:00 hs.
Casa de Filosofía – La Paz 1623

14/5: “El evangelio de la revolución” (115 min., 2024).
Dirigido por François-Xavier Laurent Drouet (1979), quien vive en la meseta de Millevaches en el centro de Francia. Tras estudiar Ciencias Políticas y Antropología, cursó un máster en Documental en Lussas.

Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=GM2NOPdvLhk

Participarán: Basilio Ivanov, Samuel Laurent Xu, Caren Machado

La teología de la liberación ha sido una de las tantas formas en las que la espiritualidad ha cuestionado la relación entre la religión y el poder. Nació a finales de los años 1960 tras el Concilio Vaticano II. Este movimiento popular, se encarna primero en pequeños grupos de laicos: las comunidades eclesiales de base, inspiradas en las primeras comunidades cristianas. Se les encuentra en los movimientos obreros, los sindicatos estudiantiles, las luchas por la tierra o los derechos de los pueblos indígenas. También serán, en algunos casos, un puente hacia los movimientos de lucha armada antes y en tiempos de dictadura (el MLN-Tupamaros, por ejemplo). Aunque la jerarquía de la Iglesia se le opuso frecuentemente, una parte del clero la abrazó: sacerdotes (entre quienes destacó, en Uruguay, Juan Luis Segundo), numerosas religiosas e incluso algunos obispos. También contó con la participación de protestantes, así como de misioneros o curas obreros.
Los regímenes militares percibieron el peligro de un movimiento que pone la fe al servicio de la rebelión. La teología de la liberación fue señalada desde 1969 por Estados Unidos como un peligro “aún mayor que el del Partido Comunista”. Tras la Operación Cóndor, las dictaduras instauraron un plan para aniquilar su influencia y perseguir a sus representantes. Se contabilizan más de 200 miembros del clero asesinados en América Latina desde los años 60, así como miles de laicos. La teología de la liberación también sufrió los ataques de papas como Juan Pablo II y Benedicto XVI (Ratzinger), quienes veían en este movimiento un caballo de Troya del comunismo y del ateísmo marxista. Aunque nunca fue oficialmente declarada herejía, sus miembros fueron condenados al silencio, censurados o privados de enseñar. Para contrarrestar su influencia, ambos papas nombraron obispos conservadores en toda América. A lo que se ha sumado la eclosión de nuevas alianzas entre los gobiernos y el evangelismo.
La huella de la teología de la liberación sigue siendo fundamental, tanto en la historia política latinoamericana como en los movimientos sociales contemporáneos. En nuestro medio uruguayo de raigambre intelectual positivista, laicista y eurocéntrica, de tendencia progresista anticlerical, por lo general, la desconocemos, abocados a cuestionar y denunciar, con toda justicia, asuntos tales como los abusos hacia las infancias, la discriminación de la diversidad sexual o la rigidez en materia reproductiva.
En un contexto en el que la religión continúa siendo instrumentalizada para obtener rédito electoral, justificar conductas reaccionarias, fundamentalistas o fascistas, incluso para legitimar como antaño, en nombre de Dios, guerras y genocidios, es oportuno revisitar de forma crítica esta tradición espiritual que se ha resistido a funcionar como opio del pueblo.

28/5: “En nombre de todos mis hermanos” (52 min., 2020).
Dirigido por Samuel Laurent Xu, quien estará presente en el foro, estudiante de doctorado en Historia Contemporánea, en co-tutela con la Pontificia Universidad Católica de Chile. Universidad de Versalles Saint-Quentin-en-Yvelines IECI – Instituto de Estudios Culturales e Internacionales Centro de Laboratorio para la Historia Cultural de las Sociedades Contemporáneas (CHCSC).

Trailer: https://www.youtube.com/watch?v=KYPqwKeLO8g

Participarán: Beatriz Benzano, Raquel Capurro, Samuel Laurent Xu

En 1965, tras realizar su formación en Montevideo, la religiosa dominica francesa Nadine Loubet (Hna. Odile) llega a Chile, donde se integra en los sectores populares, guiada por lo que más tarde se llamaría la teología de la liberación. Ocho años después, el general Pinochet y la Junta Militar derrocan al presidente socialista democráticamente elegido, Salvador Allende. Comienzan entonces diecisiete años de una dictadura que organiza una represión política y económica total. En este contexto, Odile, arriesgando su vida, lucha contra las injusticias y las desapariciones, participando en numerosas actividades de resistencia en el seno de las comunidades cristianas de las poblaciones de Santiago. En su diario íntimo relata su horror ante la violencia y la cotidianidad de las ejecuciones sumarias y las torturas. Estos cuadernos reaparecieron en Santiago en 2018 e inspiraron esta película.

Lecturas sugeridas:
Michel Foucault, “Seguridad, territorio, población”, lección del 1° de marzo de 1978 sobre el poder pastoral y las contra-conductas.

ENTREVISTAS

  1. A FRANÇOIS-XAVIER DROUET
    El Evangelio de la Revolución narra la trágica historia del sueño revolucionario en América Latina a través de la participación de los cristianos en estas luchas. ¿Qué le atrajo de este tema?
    Mi imaginario político fue profundamente marcado por América Latina, adonde viajé desde los veinte años. El levantamiento zapatista de 1994 moldeó mi educación política, como la Revolución Cubana para otras generaciones. Me alimentaba de los escritos del subcomandante Marcos, fascinado por la historia revolucionaria del continente, ese sueño hecho pedazos por la violencia de las dictaduras militares. En 2002, presencié la primera elección de Lula. Era la edad de oro del altermundismo. Una ola de gobiernos de izquierda encarnaba entonces una esperanza política, que luego sería frustrada.
    Durante mucho tiempo, un prisma anticlerical me impidió comprender la contribución del cristianismo a ese impulso revolucionario. Crecí en una educación católica conservadora, dejé de creer en Dios al llegar a la adultez. Abracé la idea de Marx de que la religión es el opio del pueblo. La Iglesia legitimó el genocidio indígena, la esclavitud, la colonización, las estructuras de un orden social injusto que aún hoy es visible. Pero también estuvo, a veces, del lado de los oprimidos. Millones de cristianos se comprometieron con la justicia, no a pesar de su fe, sino en su nombre. Que la religión pudiera ser un vector de emancipación y no de alienación, me parecía una contradicción que necesitaba comprender. Cuando vi que aún no se había hecho ninguna película que contara la historia de este movimiento, cuyos protagonistas se apagaban poco a poco, sentí la responsabilidad de hacerla yo mismo.
    ¿Cómo construyó la película?
    Como un cuaderno de viaje en el tiempo y el espacio, al encuentro de hombres y mujeres que creyeron ver en la revolución la llegada del Reino. Ese es el sentido del título, una referencia a la etimología de la palabra Evangelio: literalmente, la Buena Nueva.
    No quería hacer un documental histórico en el sentido clásico, no recurrí a historiadores; cada personaje habla desde su propia experiencia. Quería sobre todo hacer idas y vueltas entre el pasado y el presente, entre aquel tiempo en que la revolución parecía el horizonte del continente y un aquí y ahora más sombrío, donde la idea misma de emancipación colectiva parece anacrónica.
    El relato está guiado por una voz en off en primera persona. Mi mirada es la de un agnóstico, un creyente arrepentido, que revisita la historia política del continente a través del compromiso de sus antiguos correligionarios. Está impregnada de lo que Enzo Traverso llama la “melancolía de izquierda”: una atención a la memoria de los vencidos, no por nostalgia ni resignación, sino como un camino hacia las esperanzas del pasado que quedaron inconclusas y esperan ser reactivadas.
    No quise hacer de esta película un mausoleo a la memoria de la teología de la liberación. Aunque fue casi aniquilada por la represión, su herencia sigue viva. También quise que pudiera hablarle a todos, creyentes o no. Creo que este movimiento tiene mucho que enseñarnos. Su manera de pensar desde abajo, de defender modos de organización horizontales, es un antídoto contra los abusos del poder.
    Usted filmó esta película en cuatro países: Brasil, México, El Salvador y Nicaragua. ¿Por qué eligió esos países en particular? ?
    El cristianismo de la liberación atravesó toda América Latina, y quise contarlo como una experiencia colectiva. Pero para entrelazar esta aventura con las singularidades históricas de cada país, tuve que hacer elecciones, tanto por limitaciones de producción como por claridad narrativa.
    Brasil era ineludible, porque la Iglesia tuvo una influencia determinante en la caída de la dictadura. Fue el origen del Movimiento de los Sin Tierra, la mayor organización social de América Latina. También inspiró la creación del Partido de los Trabajadores de Lula. En México, la teología de la liberación se expresó a través de las luchas indígenas, especialmente en Chiapas. Influenció fuertemente al movimiento zapatista, cuya experiencia de democracia directa sigue siendo insustituible. En América Central o en Colombia, la participación de los católicos en los movimientos guerrilleros fue masiva. Varios sacerdotes murieron con las armas en la mano. La película debía aclarar esa opción de la lucha armada, pese a que el cristiano se supone que rechaza la violencia. Elegí encarnar esta cuestión a través de la historia de El Salvador, donde la memoria de la guerra civil sigue estando muy presente. Finalmente, la revolución en Nicaragua de 1979 marcó el apogeo del movimiento: ¡cuatro ministros del primer gobierno sandinista eran sacerdotes! Allí relato tanto la enorme esperanza que este evento suscitó entre los cristianos como la desilusión, cuando los revolucionarios de ayer se convirtieron en los tiranos de hoy.
    Su película enlaza los testimonios de estos cristianos con archivos fílmicos y fotográficos. ¿Cómo integró ese material y de dónde proviene? Estas imágenes llevan la huella ardiente de una época en la que esa aspiración revolucionaria surgida de América Latina inspiraba al mundo. Había que hacer resonar en el presente su poderoso eco, articulándolas con los relatos de los personajes. La esperanza que transmite su palabra demuestra que ese viejo sueño, fijado en esos archivos en celuloide, aún se mueve.
    El cristianismo de la liberación fue ampliamente filmado por las televisoras occidentales. Hay muchos reportajes sobre curas obreros europeos comprometidos con los pobres, desde Brasil hasta Bolivia. A partir del golpe de Estado en Chile, numerosos cineastas filmaron los movimientos de resistencia a los regímenes militares, como por ejemplo Patricio Guzmán con La Cruz del Sur. Esas películas suelen integrar una misa o una lectura del Evangelio. También cito Nicaragua No Pasarán, del director australiano David Bradbury, un documental en el corazón de la Revolución Sandinista. Le tomé prestada la increíble misa de Juan Pablo II en Managua en 1983. Férreo opositor a la teología de la liberación, fue abucheado por la multitud cuando atacó a la Revolución. Finalmente, los filmes de propaganda de los movimientos guerrilleros solían mostrar sacerdotes, para demostrar al pueblo que los cristianos no solo tienen el derecho, sino también el deber de rebelarse. Realicé este trabajo de investigación paralelamente a mis viajes de reconocimiento. Cuando un personaje llamaba mi atención en un archivo, trataba de seguir su pista. Así conocí al que abre la película: el sacerdote belga Roger Ponseele, quien acompañó a la guerrilla en El Salvador durante doce años.
    Otro material de archivo importante es la canción latinoamericana, por la que siento una gran pasión. Casi todos sus grandes exponentes cantaron la teología de la liberación: Víctor Jara, Daniel Viglietti, Violeta Parra… Algunos incluso compusieron misas, como Milton Nascimento con la Missa dos Quilombos o Carlos Mejía Godoy con la Misa Campesina Nicaragüense, que se escucha dos veces en la película.
    También están esos murales alucinantes, muchos de los cuales han sido borrados. Este movimiento fue una revolución cultural que abrazó la música, la pintura, la literatura… Intento revivir ese fervor que formaba parte del impulso revolucionario, como una forma de rendir homenaje a un legado artístico que tanto me ha nutrido.
  2. A SAMUEL LAURENT XU
    ¿Qué cuenta precisamente la Hermana Odile en sus cuadernos?
    Los diarios empiezan pocos días después del golpe de Estado, y ella empieza a contar todo lo que está pasando. Obviamente, ella sabía que necesitaba tener algo de seguridad, pues no aparecen nombres, ni fechas, ni lugares, pero sí cuenta todo lo que está pasando, lo que ella ve, los cadáveres en el río Mapocho, los arrestos, la tortura… También a veces le habla a Dios y le pregunta por qué está pasando todo esto. Cuestiona su fe, su religión, su manera de ser religiosa. Entonces, los diarios son una combinación de una descripción histórica de los eventos y de algo mucho más íntimo. Y creo que fueron una manera de expresar todo el dolor que tenía.
    ¿Por qué se sabe tan poco sobre el papel jugado por estas mujeres, cuando se conoce en cambio el papel que jugaron curas y sacerdotes?
    Las religiosas están en una situación de invisibilidad institucional muy fuerte, de inferioridad en comparación con los curas y sacerdotes. Pero dentro de la Iglesia las mujeres son mucho más numerosas que los hombres. Y las religiosas tuvieron acceso a la intimidad de muchas familias, y pueden transmitir esa memoria. (…) La historia de Odile es una historia de triple desobediencia: hacia esa herencia familiar de militares católicos de derecha, hacia la Iglesia, y hacia la represión de la dictadura de Pinochet.